Dos culturas
Publicado en EL NUEVO HERALD, MIAMI
ABRIL, 29, 2008
OSCAR J. FRANCO O.
Los latinos que hemos emigrado a este país traemos toda una vida de experiencias, valores, patrones de comportamiento y conocimiento general de una cultura que nos deslinda de las demás. Nuestra conformación genética esta heredada de las raíces latinas, provenientes del viejo continente mezcladas, al principio con rabia y con el recorrer del tiempo con amor, con las sangres indígenas que se habían arraigado en lo que en su momento los conquistadores llamaron el nuevo mundo, y con la raza negra que, a la fuerza, fue integrada a la sociedad emergente de las colonias españolas y portuguesas.
Somos inmigrantes en este país y en nuestra inmensa mayoría somos hijos y nietos de inmigrantes que llegaron a Centro, Suramérica y el Caribe provenientes de España, Italia y Portugal. Nos toca, como les tocó a nuestros padres y abuelos, la difícil tarea de integrarnos a una cultura que nos es extraña.
Los latinos provenimos de una cultura esencialmente colectivista, en la cual damos inmenso valor al grupo social en el cual nos desarrollamos, la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los vecinos, es decir, el colectivo. Nuestra apreciación del espacio individual es amplia y laxa, inclusive nos sentimos con el derecho y la necesidad de penetrar el espacio de las personas que nos rodean y hasta nos sentimos mal, y a veces dolidos, si los amigos cercanos y familiares no se interesan en nuestros problemas y no se nos acercan para compartir nuestras alegrías y penurias.
Por otra parte, nuestro patrón de comportamiento se desenvuelve en atención al grupo, entendemos el principio de autoridad y mantenimiento del orden. Pero, seamos sinceros, nos cuesta respetarlo.
Sin embargo, hemos decidido integrarnos en una sociedad individualista, la cual le da gran valor a la autonomía, a la iniciativa propia, al concepto de autoridad, al no enfrascarse en el cuestionamiento de las normas, sino más bien a su cumplimiento, pues entiende que hay que mantener el orden como principio básico de desarrollo. En esta cultura que caracteriza a los países anglosajones el concepto de espacio individual es prácticamente venerado, nadie se atreve a penetrar el espacio de los demás.
En esta cultura cualquier intento de penetrar el núcleo individual es generalmente interpretado como una trasgresión de la intimidad y no es tolerado.
No es mi intención emitir juicios de valor sobre las dos culturas. Basta señalar que son diferentes y que no es lo mismo vivir en una cultura colectivista que en una individualista.
Ninguna cultura es mejor o peor que otra. Todas son igualmente válidas como variantes de la experiencia humana y todas las personas estamos, hasta cierto punto, atados a nuestra cultura, pues esta nos provee de gran parte de nuestro sentido de identidad; por lo tanto define, modela y regula los patrones de comportamiento, adecuados a través de los siglos a las necesidades de la gente.
Al estudiar la inmensa diferencia conceptual entre la cultura individualista y la colectivista es evidente lo complicado que resulta vivir en una de las dos, con el acervo cultural de la otra.
Sin embargo, en este país vivimos más de 40 millones de colectivistas integrándonos a un mundo individualista y la inmensa mayoría lo ha logrado, ratificando la voluntad de los inmigrantes hispanos de integrarse, beneficiarse y aportar nuestros mejores esfuerzos a esta sociedad que nos recibe.
ofmediator@hotmail.com
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martes, 29 de abril de 2008
martes, 22 de enero de 2008
"La Nonna"
“La Nonna”
Oscar J. Franco O.
Articulo publicado en :El Nuevo Herald", Miami 22 de Enero 2008
Derecho de Autor Reservados
“Te presento a la Nonna”, me dijo el amigo americano, quien cordialmente me había invitado a cenar en su casa. La simpática señora nació y se crió en New York, en el famoso barrio Queens. Sus rasgos son típicamente italianos y aun denota la belleza y fuerza interna de la mujer mediterránea.
Intente practicar mi precario italiano con ella, pero me respondió “I don’t speak italian”, por lo cual nuestra conversación fue en ingles.
La verdad es que yo no tenía idea de que mi amigo y su esposa son descendientes de italianos. Sus abuelos llegaron a este país muy jóvenes, provenientes de Sicilia, Génova y Nápoles, a principios del siglo pasado.
Los muchachos de entonces y octogenarios de ahora, contrajeron nupcias aquí y tuvieron hijos, que posteriormente crearon sus propios núcleos familiares. Es decir, mis amigos son americanos de segunda generación y sus hijos son, obviamente, integrantes de la tercera generación familiar que nace en este país.
Picado por la curiosidad, pregunte la historia de cómo los abuelos habían emigrado a este país. Con gran orgullo, la Nonna relato el esfuerzo y sacrificio que, los que para ese entonces jóvenes, hicieron al venirse a “La America”, sin hablar el idioma, dejando en su amada Italia familiares, amigos, pertenencias materiales, su terruño, en fin todo, con el solo propósito de luchar por un mejor porvenir para ellos y sus futuros hijos.
Mis anfitriones son lo que se considera una familia típicamente americana y como es natural, están sumamente orgullosos de la patria donde nacieron. Sus nexos con su pasado son básicamente sentimentales. Ellos se denominan italianos-americanos, pero se sienten y son americanos hasta el tuétano. Al igual que la Nonna, ni ellos ni sus hijos hablan italiano. Ninguno de ellos ha estado en Italia.
En apenas tres generaciones, están absolutamente integrados a esta cultura y así son aceptados por la sociedad americana, la cual esta constituida por diversos grupos de, tambien, descendientes de inmigrantes y que conforman la inmensa mayoría de la población de este país.
Es muy fácil deducir la obvia similitud que existe entre mis amigos italo-americanos y los millones de descendientes de inmigrantes latinoamericanos, constituidos por terceras y cuartas y aun más antiguas generaciones, arraigadas en este país.
Los descendientes de hispanos ya sean mejicanos, hondureños, salvadoreños, argentinos, españoles, o de cualquier otro país iberoamericano, al igual que los de italianos, irlandeses, polacos, alemanes, africanos, o cualquier otro grupo étnico cultural, se sienten identificados con sus raíces y también están orgullosos de haberse integrado a esta sociedad, dentro de la cual nacieron.
Muy lamentablemente, algunos de los descendientes de los europeos, que aquí llegaron a principios del siglo veinte, se resisten y hasta se niegan rotundamente, a aceptar al grupo de inmigrantes, encasillado socio-étnicamente como hispanos.
Afortunadamente, la historia nos enseña que los argumentos, que hoy se esgrimen para antagonizar a los inmigrantes hispanos y sus descendientes, son los mismos que en su oportunidad, utilizaron voces intolerantes, felizmente derrotadas por la cordura y la amplitud, de la inmensa mayoría de la población esta gran nación.
Oscar J. Franco O.
Articulo publicado en :El Nuevo Herald", Miami 22 de Enero 2008
Derecho de Autor Reservados
“Te presento a la Nonna”, me dijo el amigo americano, quien cordialmente me había invitado a cenar en su casa. La simpática señora nació y se crió en New York, en el famoso barrio Queens. Sus rasgos son típicamente italianos y aun denota la belleza y fuerza interna de la mujer mediterránea.
Intente practicar mi precario italiano con ella, pero me respondió “I don’t speak italian”, por lo cual nuestra conversación fue en ingles.
La verdad es que yo no tenía idea de que mi amigo y su esposa son descendientes de italianos. Sus abuelos llegaron a este país muy jóvenes, provenientes de Sicilia, Génova y Nápoles, a principios del siglo pasado.
Los muchachos de entonces y octogenarios de ahora, contrajeron nupcias aquí y tuvieron hijos, que posteriormente crearon sus propios núcleos familiares. Es decir, mis amigos son americanos de segunda generación y sus hijos son, obviamente, integrantes de la tercera generación familiar que nace en este país.
Picado por la curiosidad, pregunte la historia de cómo los abuelos habían emigrado a este país. Con gran orgullo, la Nonna relato el esfuerzo y sacrificio que, los que para ese entonces jóvenes, hicieron al venirse a “La America”, sin hablar el idioma, dejando en su amada Italia familiares, amigos, pertenencias materiales, su terruño, en fin todo, con el solo propósito de luchar por un mejor porvenir para ellos y sus futuros hijos.
Mis anfitriones son lo que se considera una familia típicamente americana y como es natural, están sumamente orgullosos de la patria donde nacieron. Sus nexos con su pasado son básicamente sentimentales. Ellos se denominan italianos-americanos, pero se sienten y son americanos hasta el tuétano. Al igual que la Nonna, ni ellos ni sus hijos hablan italiano. Ninguno de ellos ha estado en Italia.
En apenas tres generaciones, están absolutamente integrados a esta cultura y así son aceptados por la sociedad americana, la cual esta constituida por diversos grupos de, tambien, descendientes de inmigrantes y que conforman la inmensa mayoría de la población de este país.
Es muy fácil deducir la obvia similitud que existe entre mis amigos italo-americanos y los millones de descendientes de inmigrantes latinoamericanos, constituidos por terceras y cuartas y aun más antiguas generaciones, arraigadas en este país.
Los descendientes de hispanos ya sean mejicanos, hondureños, salvadoreños, argentinos, españoles, o de cualquier otro país iberoamericano, al igual que los de italianos, irlandeses, polacos, alemanes, africanos, o cualquier otro grupo étnico cultural, se sienten identificados con sus raíces y también están orgullosos de haberse integrado a esta sociedad, dentro de la cual nacieron.
Muy lamentablemente, algunos de los descendientes de los europeos, que aquí llegaron a principios del siglo veinte, se resisten y hasta se niegan rotundamente, a aceptar al grupo de inmigrantes, encasillado socio-étnicamente como hispanos.
Afortunadamente, la historia nos enseña que los argumentos, que hoy se esgrimen para antagonizar a los inmigrantes hispanos y sus descendientes, son los mismos que en su oportunidad, utilizaron voces intolerantes, felizmente derrotadas por la cordura y la amplitud, de la inmensa mayoría de la población esta gran nación.
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